Nadé
En 2023, corrí el maratón de Boston lesionada. Sí, yo sabía que era mala idea pero no había forma de obtener reembolso alguno: ni del avión, ni del hotel, ni de la carrera, ya que no compré ningún seguro. Así que me aventuré a correr lesionada, tras haber tomado todas las pastillas contra el dolor que pude conseguir. Ese cocktail me cobró factura. Y muy cara.
Terminé el maratón como pude. Lo que siguió después fueron meses de incertidumbre. Me van a operar? Me recuperaré? Algún día volveré a correr otra vez? Y correré como antes?
Me dediqué a nadar. Nadé mucho. Luché contra mi alergia al cloro. Me conseguí incluso audífonos para nadar y reescuché discos viejos desde otra perspectiva, en el agua.
Sin embargo, tan pronto el médico me dio luz verde para empezar a trotar, no hubo vuelta atrás. Dejé mi rebound sport. Y medio año después, ya estaba metida en un nuevo ciclo de maratón.
Apenitas
En 2025, milagrosamente, califiqué al maratón de Boston. No voy a mentir: ayudó mucho el bracket de edad. Pese a que no estaba convencida de aplicar a ver si acaso mi buffer me alcanzaba para un lugar en la carrera, hubo quien me aconsejó: “Hazlo, no tienes nada qué perder”. Apliqué y sí obtuve un lugar. Apenitas, pero se logró.
Para 2026, la vida me tenía muchas sorpresas. Empecé con trabajo extenuante, que con los días minó un poco mi capacidad de madrugar para entrenar. Después vino una nueva crisis asociada a Gerardo, la cual estaba comenzando a hacer estragos en mi cabeza (otra vez). De nuevo, el trabajo hizo estragos de mi paz, y me pidieron volver de tiempo completo a la oficina. Ello implicó madrugar aún más y muchos desplazamientos que consumen tiempo y energía en La Gran Ciudad. No entienden nada, no entienden lo importante que son para mí mis rutinas. Para colmo, Maggie (mi ninfa), se accidentó y falleció 10 días antes del maratón. La tristeza, las pesadillas.
No sé, tantos cambios en tan poco tiempo y tanta saturación mental hicieron que esos últimos días previos al maratón de Boston yo me sintiera en un estado mental muy extraño e inestable. El día previo al viaje a Boston estaba devastada, pues la muerte de Maggie fue muy trágica y sentía (siento?) que me hubiera gustado tener la opción de ayudarla más. A la vez, creo que esa opción siempre estuvo ahí, y haberme equivocado me hace sentir culpable. Viendo todo fríamente, al haber elegido conservar mi trabajo (al ir a la oficina todos los días), también elegí correr el riesgo de que algo le pasara a mis mascotas durante mi ausencia y no estar para ellas. Y así fue. No estuve ahí para Maggie. Cuando llegué ya era muy tarde. Las pesadillas…
Boston
Al día siguiente, en cambio, me sentía emocionada. Por fin llegó a mi cabeza esa emoción que me daba la anticipación de saber que venía una carrera. Estaba terriblemente cansada, pero lo ignoré. Llené mi tristeza con compras inútiles, tanto que estuve a punto de comprar otro peluche de Spike (el unicornio y logo del maratón de Boston). Yo sabía qué estaba haciendo. Mi mente sabe cómo me recompenso sola cuando estoy triste; y también sabe que es una manera muy efectiva de animarme. Lo necesitaba para esa carrera del lunes.
Mentalmente, hubo un pensamiento que reinó ese fin de semana, desde el avión y hasta el lunes: “Va a ser como la primera vez. Va a ser como la primera vez”.
No como la primera vez que corrí Boston (que no fue nada brillante), sino como la primera vez que corrí un maratón. Recordé mucho lo que hice aquel 2016 en Austin. Hice memoria de cómo me sentí después de la terrible subida de 11th Street, y cómo logré cerrar con fuerza gracias a esa mini bajadita que está antes de llegar a la meta. Recordé lo feliz e invencible que me sentí. Visualicé que así sería mi regreso a Boston.
Y así fue.
Estos tres años aprendí a apreciar mucho más la mera capacidad de correr. Claro que siempre habrá un granito de competitividad en mí, pero la época de buscar PRs se quedó atrás. Ya no soy joven. Ahora estoy buscando ser feliz, correr feliz, vivir feliz.
Boston 2026 fue una hermosa carrera, en la que nunca sentí sobre esfuerzo alguno. Fluí. Al cruzar la meta, me dolió todo el cuerpo como nunca antes. Esa sensación fue nueva. Pensé en Maggie. Lloré un poquito, pero también sentí que hice algo bonito por ella así que pronto dejé de llorar y sonreí.
Lo que sigue
Después de unos días, cuando la dopamina se degradó y tuve que regresar diario a la oficina, la tristeza, las pesadillas, y sobre todo, el enojo de tener que estar ahí regresaron con la misma intensidad que antes de ir a Boston. Supe que el siguiente paso era cerrar ese ciclo.
No sé qué es lo que sigue. Quizá ahora que tendré más tiempo, entrenaré más, escribiré (ya tenía mucho que no lo hacía), aprenderé algo nuevo. Quiero volver al mundo de las Big Tech? No sé. Sí es algo que me gusta, pero el costo de progresar ahí es muy elevado. Ya me tocará decidir qué sigue para mí. Por ahora, me siento más tranquila.