De amistades perdidas y recuerdos lejanos

Últimamente, he estado moviendo cosas. En sincronía perfecta, se han movido muchos de mis recuerdos… reaparecen, se quedan conmigo, los pienso y repienso, a veces hasta dudo de su autenticidad. Este recuerdo en particular se ha mantenido tan presente que decidí escribir sobre ello.

Regresamos a clase un día a finales de enero (o principios de febrero?) después de no habernos visto desde el verano del año anterior. Me causaba un cierto estrés que la expectativa de mis compañeros era que, quienes nos fuimos, hubiéramos fiesteado como nunca (ya que en nuestra escuela eso era un tanto difícil) y que nos hubiéramos ligado a alguien… Yo no hice mucho de eso. Fiesteé? Sí, pero poco. En general, fui ñoña: académicamente me apliqué como nunca y no me ligué a nadie. De hecho, fuera de mis roomies, conocí muy pocas personas. Pasé mucho tiempo conmigo misma, deseando cada mañana que hubiera aunque sea 1 hora de sol por día para no echarme a llorar otra vez.

Llorar porque, antes de irme, yo tenía algo con una cierta persona (como siempre, conformándome con menos…). Sin embargo, durante mi ausencia, la situación cambió abruptamente y yo terminé con el corazón roto, muy deprimida. Literalmente, me había comido mi tristeza en forma de donas con cobertura sabor a maple y mucha granola en cantidades nada saludables.

Así, el día que volví a ver al chico que protagoniza este post, estaba deprimida y estresada.

Él era una persona con una personalidad muy opuesta a la mía, muy extrovertido y carismático. Yo siempre he sido muy retraída, me tardo mucho en tomar confianza. Por alguna razón, semestres atrás le empecé a caer bien y a mí me gustaba… Y me gustaba nuestro arreglo, era una buena amistad y nunca supe cómo le hice para que me adoptara como su amiga. Como siempre pensé que él era de esas personas “fuera de mi liga”, jamás intenté nada más. Ser amigos, para mí estaba más que bien, especialmente porque percibía que en verdad le caía de lujo y que no era mi amigo solamente para pedirme mis notas de clase.

Las primeras dos personas que encontré a mi regreso reavivaron mi estrés y comenzaron a preguntarme qué tan bien la pasé. Otra vez, no sin poner mis ojos en blanco antes, dije: “Dude, no me ligué a nadie y está bien, no era lo que buscaba”.

Llegó él.

No se llevaba tanto con las otras dos personas, pero los saludó y luego a mí, muy sonriente. Se quedó a mi lado.

He de confesar que, a través de facebook, supe todo lo que hizo y sentí celos. Como expresé más arriba, me gustaba ser apreciada por él, y en sus fotos parecía que me había remplazado con otra persona. No fue el caso, pero quizá después de que te rompen el corazón, todo lo demás se ve muy oscuro, no hay claridad en el pensamiento. Todos son iguales, pensaba. Uno me rompió el corazón, el otro me remplazó… en fin.

Le respondí el saludo pero inmediatamente comencé a platicar con los otros dos chicos, como si él no estuviera ahí, a lado. Nunca fue incluido en la conversación y cuando se dio cuenta de eso, alzó la voz y dijo:

“Te extrañé, B”.

Volteé a verlo. No le creí. Así que aunque en mi cabeza le di un abrazo y le dije que yo también y mucho, en la realidad me di la vuelta y me fui.

Ese día perdí su amistad. Se acordará él de ese día? Nunca he tenido mucha inteligencia emocional, así que no pude idear maneras de reivindicarme sin que pareciera bipolar mi reacción. Aunque tiempo después recapacité e intenté acercarme otra vez y ser amigos como antes, cuando regresé, se había cumplido mi mayor temor: me había remplazado por alguien más.