Este recuerdo es muy curioso… de esas cosas que no pasan seguido en la vida, pero se quedan felizmente en la memoria…

Allá por 2007 tuve la fortuna de pasar algunos meses fuera de la Gran Ciudad. Irme de intecambio a un lugar donde predomina la nieve y hay poco o nada de sol cada día, me afectó. Me sentía deprimida. Por lo tanto, una manera que encontré de no sentirme tan lejos de casa era escuchando mi estación de radio favorita. Eran tiempos donde la manera más efectiva de comunicarse era a través de messenger, y muy seguido yo contactaba a los locutores de mi emisión sabatina favorita por ese medio. Uno de los locutores en cuestión era Emilio.

Me caía muy bien, nos seguíamos en redes sociales, pero no fue hasta finales de 2013 que tuve oportunidad de conocerlo. Me dijo que le parecía muy seria. Y lo soy, jajaja… siempre lo he sido. Sin embargo, también es cierto que cuando lo conocí llevaba meses luchando contra una nueva etapa de depresión, y eso no ayudó mucho. Acordamos ir a tomar un café, que incluyó uno de mis postres preferidos, y tuvimos una plática muy amena. Aquel día, realmente me quedé con ganas de verlo otra vez y conocerlo más, pero nunca se logró. Por ende, aquella resultó ser una tarde única, la cual agradezco mucho ya que marcó mi vida y me ayudó a sobrevivir…

Si bien es cierto que no salí de mi etapa depresiva hasta mucho tiempo después, me hizo ver la luz al final del pozo de big ifs e inseguridades en el que estaba. Así que siempre recuerdo con mucho cariño ese día.

Y después de aquella tarde, le dije a Emilio que seguro seguiríamos en contacto. No fue así, pero su respuesta es de las más lindas que he recibido a la fecha:

“No hay casualidades. Hay citas y nosotros llegamos puntuales a la nuestra.”

Gracias siempre, Emilio.